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El peligro de ser periodista

Por: Oscar Müller

El periodista español Julio Camba dijo que el periodista se parece al calamar en dos cosas: la primera es que puede cambiar de color a voluntad y la segunda es que ambos se defienden con la tinta, y me pregunto si esta expresión es válida en México.

 ¿Es la tinta un arma que permite al periodista defenderse contra los ataques que en su contra o de su profesión se realizan o esos elementos se han vuelto en contra del periodismo y convertido en una toxina que envenena la tan necesaria libertad de comunicación y mata a aquellos que en el ejercicio de esta pretenden permanecer libres y apegados a la verdad?

Tinta que envenena como en el libro de Umberto Eco “El Nombre de la Rosa” en que un monje celoso de quienes adquirían conocimientos de los libros les daba a leer un tomo cuya tinta estaba impregnada del veneno, mensajero de la muerte.

Es ahí donde me surge la duda ¿Qué tanto se aplica en México la comparación de Camba? o ¿qué tanto la inventiva literaria de Eco? 

Creo, con tristeza, que la respuesta se inclina en mucho por la segunda opción.

La organización Artículo 19 ha documentado la gravedad de los ataques a los periodistas:  Las cifras registradas durante el primer semestre del 2022 suman un total de 2,304 ataques contra la prensa perpetrados durante el mandato del presidente Andrés Manuel López Obrador (1o de diciembre de 2018 al 30 de junio de 2022). Dentro de estos ataques se han cometido 34 asesinatos, 26 desplazamientos forzados y 2 desapariciones.

Por su parte la Organización Reporteros sin Fronteras, ha establecido que el presente año ha sido letal para el ejercicio de la Libertad de Prensa en México: “En 2022, por cuarto año consecutivo, México es el país más peligroso y más mortífero del mundo para los periodistas, por delante de países en guerra como Ucrania (ocho casos) o Yemen (tres casos). A pesar del vértigo que causan estas cifras, de los catorce periodistas asesinados este año, el presidente López Obrador solo ha condenado públicamente cinco.”

A lo anterior debe sumarse el ataque a la libertad de expresión que, desde la más alta Tribuna del Poder en México, se ha institucionalizado por la presidencia de ese país.

Como es notorio, el presidente López Obrador, de lunes a viernes dedica entre dos y cuatro horas a una intervención pública, donde continuamente ha atacado a medios, periodistas y líderes de opinión en plataformas digitales, que hablan en contra de él o su gobierno; pero ahora ha ido más allá, pues desde junio del presente año ha implementado un bloque semanal en el que pretende, según su decir: “…exhibir las mentiras de algunos medios de comunicación…” y “…combatir la difusión de fake news o noticias falsas…” para lo cual ha creado un equipo cuya cara al público es la señora Ana Elizabeth García Vilchis, quien se ostenta como directora de Redes de la Coordinación General de Comunicación Social y Vocería de Presidencia.

De acuerdo con el relator de libertad de expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Pedro Vaca, ese bloque se ha convertido en un espacio en el que el presidente de México utiliza el poder de comunicación del Estado para atacar a aquellos medios que no están de acuerdo con su gobierno y que exhiben los errores y actos de corrupción que continuamente brotan de las investigaciones periodísticas.

Se observa un ejercicio del poder público que estigmatiza el actuar periodístico y promueve una censura previa que tiende a provocar la inhibición en los medios de comunicación y los periodistas, con la evidente intención de reprimir la exhibición del mal actuar gubernamental y, por tanto, atacar el uso de una prensa libre y crítica, indispensable para toda democracia.

El alto comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, desde hace siete años, ha utilizado una frase que representa mucho el sentir de los organismos internacionales respecto a la falta de voluntad en el gobierno mexicano para modificar la situación que se vive, mencionó “… en lugar de matar al mensajero, enfoquémonos en el mensaje”.

Conforme a mi interpretación la expresión tiene un trasfondo que va mucho más allá de un significado literal:

En la antigüedad cuando un rey o líder militar que ejercía el poder con tiranía, recibía noticias desagradables, ordenaba matar a quien le había llevado el mensaje que le había causado disgusto.

Pasando la anterior reflexión a la función social que deben cumplir los medios de comunicación y los periodistas, que implica un compromiso con la verdad que permita a la ciudadanía ejercer la democracia en conciencia y conocimiento, podemos comparar al periodismo crítico con ese mensajero de las malas noticias y al “Quién es quién en las noticias” con el líder despótico que manda matar al mensajero para no escuchar la verdad que le disgusta.

Así en México, la tinta del periodista se ha convertido en un veneno que mata al comunicador y la libertad de información.

La clase política mexicana, el portero y los bichos del corral

Crédito de la imagen: Cámara de Diputados

Crédito de la imagen: Cámara de Diputados

Menciona el cuento que dos provincianos fueron a la ciudad de México y teniendo la tarde libre, salieron a caminar. Sus pasos los llevaron al imponente edificio conocido como «San Lázaro», en el que se encuentra la Cámara de Diputados y viendo la majestuosidad del edificio no resistieron la tentación de entrar a conocer. Ya adentro se encontraron con una gran puerta doble que es la que da acceso al salón de plenos. Frente a la puerta se encontraba un conserje, que les veía con sorna y aire de superioridad; se trataba de uno de esos sujetos, que no faltan en la gran urbe y que al servir a gente encumbrada se visten con una soberbia tal que consideran como inferiores a aquellos que no pertenecen al medio en el cual sirven. -En mi pueblo se dice que estos tipos voltean hacia arriba para lamer la bota del amo y al ver hacia abajo, escupen con desprecio -.

Pues resulta que nuestros amigos paisanos, al pasar junto a la puerta del salón del pleno escucharon expresiones como: ¡imbécil!, ¡tarado!, ¡ratero!, ¡poco hombre!, ¡corrupto!, ¡vende patrias!, ¡asno!, ¡jumento!, ¡cerdo! y otras voces que al parecer de nuestros amigos implicaban ofensas graves; esto motivó que uno le dijera al otro –caray compadre, parece que se están peleando ahí adentro -, el portero con aire de suficiencia vio hacia los paisanos y les dijo con altanería -¡no señores, no se están peleando, están tomando lista a los señores diputados!-.

Que bajo ha caído la clase política mexicana, pues, salvo contadas excepciones, en las cámaras legislativas los epítetos señalados en el cuento, son aplicables a estos señores por sus actitudes, desplantes y forma de vida.

Esto lo menciono en relación a lo que acaba de suceder con el gasto público aprobado por la Cámara de Diputados y el enfrentamiento que un senador decente tuvo el valor de hacer a sus insensibles homólogos.

El Presidente de la República debe de enviar a la Cámara de Diputados, a inicios del mes de septiembre de cada año, el Proyecto de Presupuesto de Egresos, que no viene siendo otra cosa que la lista del gasto que pretende realizar para el siguiente año.

Este año el presupuesto presentado por el Presidente Peña Nieto, en lo referente a la clase política, es decir: Cámaras de Senadores y Diputados, Instituto Nacional Electoral y partidos políticos, se propuso con un gasto que supera los veinte y siete mil millones de pesos.

Ese gasto es ofensivo en un país en el que el nivel de pobreza, el que corresponde a aquellos cuyos ingresos no son suficientes para acceder a un nivel de bienestar mínimo, alcanza a más del 50% de la población.

De acuerdo al sitio web de la Cámara de Diputados, cada uno de estos señores se embolsa al mes entre dieta, asistencia legislativa y gastos para atención ciudadana, más de ciento cuarenta y ocho mil pesos mensuales, eso sin contar otra suerte de prestaciones como seguros, chóferes, viáticos, etcétera.

No en vano, de acuerdo a la encuesta realizada por la empresa Mitozky, los niveles de confianza de la ciudadanía califican entre los más bajos a los diputados, senadores y partidos políticos.

Muy poco hay de rescatar de la clase política mexicana, de aquí que llama la atención el esfuerzo que ha estado realizando el senador Francisco Búrquez, quien a través de la organización change.org, se abocó a la tarea de obtener firmas para exigir recortes en el presupuesto de la clase política que calificó como dispendios. En su llamado el senador hace referencia a la necesidad de que los legisladores prediquen con el ejemplo y reduzcan en un cincuenta por ciento, el presupuesto solicitado por el presidente del país para el Congreso, el Instituto Nacional Electoral y los partidos políticos, este llamado a la ciudadanía logró reunir en su apoyo y previo a la aprobación del gasto público, cerca de cien mil firmas, las que fueron presentadas al Presidente del Senado.

A la fecha, la solicitud de firmas continúa y ya se han reunido cerca de ciento cincuenta mil y el propio Senador Búrquez ha expresado que continuará en la lucha hasta lograr su objetivo.

A pesar de dicha expresión de voluntad ciudadana, la Cámara de Diputados aprobó el gasto público para la clase política del país no tan sólo en lo propuesto por el presidente si no con un aumento del diez por ciento para la propia Cámara y de un tres por ciento más para la de Senadores.

Sólo treinta y ocho diputados tuvieron el pundonor y la vergüenza de no aprobar el despilfarro del dinero de los mexicanos propuesto para la clase política del país.

El resto, más de cuatrocientos diputados, merecen que el conserje que cuida la puerta del salón de plenos haga la aclaración -¡no son insultos, así se les llama, porque así actúan!-.

Les hago una atenta invitación a visitar cada martes en el periódico Vívelo Hoy de la ciudad de Chicago, así como un enlace a los podcast en que se contienen las grabaciones de los comentarios de un servidor en las charlas semanales a través de Radio Claret América.

Igualmente les recuerdo que sus comentarios son bienvenidos en mi correo electrónico mullerod@hotmail.com